martes, 16 de mayo de 2017

Por ti y por todos tus compañeros




Siempre he creído que el ser humano es bueno por naturaleza y que es la sociedad quien lo corrompe. Que cualquier bebé que nazca del vientre de su madre será tan puro como un lienzo en blanco esperando a convertirse en algo más que un continente sin contenido.

Sin embargo hoy estás tan roto que me da igual si es el sistema el que corrompe o si estaba escrito en su cigoto, porque hemos buscado mil y una explicaciones y hasta yo misma me agoto.

Y estallo en lágrimas, reventando la tristeza sostenida que nos mantiene unidos y al mismo tiempo tan ausentes. Y por un instante dejo de pensar en el bien y el mal y empiezo a reparar en el calor que desprenden vuestros abrazos.

Rescato un viejo pensamiento sobre la incapacidad de comprender cómo la Declaración de Derechos Humanos y el Apartheid fueron concebidos por la misma especie. Cómo conviven manifestaciones tan extremas y alejadas dentro del mismo grupo animal. Sigo sin entenderlo, pero hoy hasta me da igual. La resignación me ha hecho pensar que la vida es así y buscar explicaciones no cambiará nada. Que el mundo es un lugar inhóspito para vivir, pero puestos a elegir, cualquiera escogería vuestra manada.

Y es que admiro la nobleza y el semblante que destilan vuestros ojos, la firmeza de las zarpas que sujetan la esperanza y la sonrisa que ilumina y que nos hace tanta falta. Porque sois familia, barricada y casa. Una manada que no descansa. Un todos para uno. Un rugido que amansa.


Porque en mitad de la tormeta os convertís en balsa, celebráis  la vida, y el miedo se me pasa.








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